8 de noviembre de 2009

La innatural naturaleza del ser humano.

Bueno, creo que ya va siendo hora de quitarle el polvo a la portada de este blog, que ya se podían hacer dibujos con la yema del dedo. Es hora de cambiar las fórmulas de rentabilidad, casos de Dirección Estratégica y agobios que cortan la respiración por una ración de tranquilidad, desahogo y reflexión.

No sé si alguna vez os habéis preguntado cuál es el mecanismo que sigue nuestro cerebro para establecer nuestras prioridades. Hay casos de todo tipo: gente metódica, gente que se guía por la inmediatez de las cosas, gente que se pone una venda y va dando tumbos como una pelota de pinball hasta encontrar lo que desea, y gente que simplemente, ni se lo plantea y actúa según el momento. Yo creía que era una persona que sabía organizar su cabeza para dar importancia a lo que lo merecía, pero con este nuevo año en la Universidad estoy viendo cómo, aparte de una agenda que me dice qué y cuándo, no tengo ningún control. Ni sobre mi cabeza, ni sobre mis sentimientos, ni sobre lo que provoco en los demás.

Este año me propuse hacer lo que quería. En todos los aspectos de mi vida. Me planteé el último año como si fuera el primero: máxima ilusión. Además, quería empezar a conocer gente nueva. Ya que iba solo a casi todas mis horas de clase, por lo menos que sirviera de algo, y me diese la oportunidad de meter en mi vida a gente que antes veía desde la barrera. Y bien, lo he hecho. Pero creo que no bien del todo.

En muchas ocasiones me he lamentado de una tendencia que tiene la mayoría de las personas: sobrevalorar las cosas nuevas frente a otras más antiguas. Me llevo fijando mucho tiempo, y lo he visto en varias etapas de la vida. De niño, el último regalo siempre es el mejor. Juegas con él hasta hartarte, dejando de lado tus juguetes preferidos. Ya más mayores, nos pasa con los primeros amores: cada uno es mejor que el anterior. Él/ella es lo mejor que te ha pasado en la vida, y él o ella estará contigo siempre. Nada más lejos de la realidad. Y llega el momento en el que te lanzas al mundo adulto, que en nuestro caso, coincide con la entrada en la universidad. Tu muestra poblacional (maldita estadística!) aumenta, y empiezas a conocer gente que se sale de lo habitual. Ves de todo, y todo te gusta. Y en ocasiones, cambias de forma de ser para adaptarte a esa nueva gente, dejando de lado algunas virtudes tuyas que en el pasado te hicieron ser feliz junto a tu gente de siempre.

Creo que más de uno de vosotros habrá sentido eso alguna vez, y así es como me veo yo desde fuera. Y la verdad, creo que el cambio, si lo ha habido, ha sido mínimo. Pero sí siento que estoy priorizando en el hoy, y me estoy olvidando del pasado. Hay veces que me he visto en el otro lado, y la sensación no es agradable. Te preguntas que has hecho para dejar de ser lo que eras, y por qué él que antes te hacía sentir imprescindible ahora te ignora. Y me siento muy mal, porque sé que hay gente en estos momentos que se está haciendo esa pregunta, y yo soy el juez que está metiendo a gente en la cárcel del olvido.

Sé que es ley de vida, pero nunca dejaré de sorprenderme de cómo cambía nuestra forma de pensar y de sentir, y cómo cosas que antes fluían con naturalidad, ahora se atascan en la primera piedrecita del camino.

Pero bueno...La única solución es intentar no llevarme por el frenesí del momento, y luego veré los resultados. Sé que en el fondo soy como esos niños, aunque intente negarlo. Y por desgracia, soy consciente de que he dejado y dejaré más de un jueguete roto y olvidado por el camino. Desde aquí os pido perdón.

PD: Aunque como siempre, y como dice nuestro gobierno, siempre existirán "brotes verdes" en situaciones de crisis, y que hacen ver que no todo es tan malo...



No, no me refiero al bote de Mahou que tengo en mis manos ¬¬. A vosotros, gracias por dejarme aguantaros durante tanto tiempo :)