Abrir este blog ha provocado los mismos crujidos que una vieja puerta de madera, ahuecada por la humedad, causa en una casa abandonada. Paseo por las distintas estancias alucinado, con linterna en mano para salvar la oscuridad que ahora aflora dentro de estas líneas.
Se oyen voces, pequeños ruidos y gruñidos al final del pasillo. Por debajo de la puerta asuma una luz tenue pero bonita, atrayente y misteriosa. Detrás de esa simple barrera quizás esté la felicidad y lo que se oye sea una fiesta. O quizás lo que espere sea una antesala del infierno. Y para eso me quedo aquí.
Doy pasos acariciando los sofas con polvo donde me sentaba a escribir antiguamente. Hago dibujos en la suciedad del mueble donde se encuentra la foto, con el cristal roto, de aquel bonito viaje por el norte de España.
Entro en su habitación y la veo despoblada. Ya no cuelga el corcho que yo observaba cuando le visitaba por las mañanas. Ya no hay fotos que descubrir, ni colgantes que acariciar. Parece como si todos los bonitos recuerdos se hubieran empaquetado rumbo a Toledo. Es la misma estancia, el mismo cuarto, pero antes me gustaba más. Más lleno de alegría. Con más colores. Y con más tiempo para observar cómo se preparaba la ropa en silencio, creyendo que estaba dormido cuando en realidad abría un ojo para mirarla sin que lo supiera.
En la cocina aún quedan los restos de nuestras noches jugando a los cocineros. Quedan migas de hojaldre, y botellas de whisky a medio terminar. Ya nos estábamos haciendo mayores, por lo que parece.
Hace mucho frío, y el brasero no funciona. "Tampoco sé ponerlo", pienso en silencio. Me siento en el suelo, arropado por un nórdico que estaba en el cesto de ropa sucia. Aún conserva su olor. Me miro allí sentado, con esa pinta ridícula de hombre de negocios. Con zapatos, corbata y con más dinero en la cartera. Es verdad eso que dicen de que el dinero no da la felicidad
Aparto las cortinas que tapan la calle. Es una época fría, pero aún entran rayos de luz por la ventana. Y aquí pasaré las horas, solo, buscando el botón que ponga en marcha este dichoso aparato...Buscando el calor que en otro tiempo tuve.
en silencio
5 de noviembre de 2011
24 de agosto de 2010
Vida de adulto
Han pasado ya 3 meses desde que escribí mi última entrada en este cuaderno de bitácora. Si te digo la verdad, no te he echado de menos. Tú siempre has sido el confesor de mi particular iglesia. Tú siempre acogías mis lamentos, mis lloros y mis logros, y sin embargo te has quedado fuera de juego en cuanto el partido ha echado a correr.
Tanto tú como yo sabemos que has sido clave en muchos momentos del año. Te contaba las cosas que no podía contar a nadie más, en forma de metáforas o realidades disfrazadas, que tapaban algo que no se podía saber. Si por algo te estoy agradecido es porque creo que tú fuiste una de las primeras piedras de este rascacielos en el que se ha convertido esta relación. Pero desde aquí arriba, en el lugar donde me siento a reflexionar mientras me da el viento en la cara (también conocido como "estar en las nubes"), no veo el suelo, y tú estás en los cimientos. Importante, claro está. Pero ahora debo tratar de cuidar la fachada, que es la parte más bonita de todo esto.
Por ello trato de regar las plantas asiduamente, y limpio los cristales los días que no hay actividad dentro. Pero es cierto que muchas veces necesito algo más de vida en el interior. Sé que es verano, y que las oficinas se quedan semidesiertas, pero eso no quita que las ganas de que todo vuelva a la normalidad sean cada vez más grandes. Empujones, voces y mordiscos. Nunca pensé que los echaría de menos.
Con tanto silencio hay mucho tiempo para pensar. Y para preguntarme por qué sigo siendo celador en vez del director de la compañía. Pero bueno, ahora que he terminado la carrera, creo que podré ir centrándome más en mi carrera personal. Anhelo un puesto, que me otorgará cierto poder y al que sólo podré acceder aprobando las mil oposiciones que forman una vida.
El poder de ser feliz, ni más ni menos. El poder de saber que he llegado a donde quería llegar. Dicen que lo importante es llegar, y no cuando, así que deberé tener cuidado de no tropezarme en los escalones rotos que me vaya encontrando por el camino. Ganas seguro que no me faltan.
Por fin he encontrado qué quiero ser de mayor. Ser su vida, ser su todo. Así que con tu permiso, pequeño blog, seguiré haciendo la pelota a la jefa, contándole aquellas cosas que me pasan por la cabeza. Al fin y al cabo, es ella la que decide.
Tanto tú como yo sabemos que has sido clave en muchos momentos del año. Te contaba las cosas que no podía contar a nadie más, en forma de metáforas o realidades disfrazadas, que tapaban algo que no se podía saber. Si por algo te estoy agradecido es porque creo que tú fuiste una de las primeras piedras de este rascacielos en el que se ha convertido esta relación. Pero desde aquí arriba, en el lugar donde me siento a reflexionar mientras me da el viento en la cara (también conocido como "estar en las nubes"), no veo el suelo, y tú estás en los cimientos. Importante, claro está. Pero ahora debo tratar de cuidar la fachada, que es la parte más bonita de todo esto.
Por ello trato de regar las plantas asiduamente, y limpio los cristales los días que no hay actividad dentro. Pero es cierto que muchas veces necesito algo más de vida en el interior. Sé que es verano, y que las oficinas se quedan semidesiertas, pero eso no quita que las ganas de que todo vuelva a la normalidad sean cada vez más grandes. Empujones, voces y mordiscos. Nunca pensé que los echaría de menos.
Con tanto silencio hay mucho tiempo para pensar. Y para preguntarme por qué sigo siendo celador en vez del director de la compañía. Pero bueno, ahora que he terminado la carrera, creo que podré ir centrándome más en mi carrera personal. Anhelo un puesto, que me otorgará cierto poder y al que sólo podré acceder aprobando las mil oposiciones que forman una vida.
El poder de ser feliz, ni más ni menos. El poder de saber que he llegado a donde quería llegar. Dicen que lo importante es llegar, y no cuando, así que deberé tener cuidado de no tropezarme en los escalones rotos que me vaya encontrando por el camino. Ganas seguro que no me faltan.
Por fin he encontrado qué quiero ser de mayor. Ser su vida, ser su todo. Así que con tu permiso, pequeño blog, seguiré haciendo la pelota a la jefa, contándole aquellas cosas que me pasan por la cabeza. Al fin y al cabo, es ella la que decide.
5 de mayo de 2010
Tetris
Es el tercer día de la semana, y es el tercer día que no consigo llegar a clase a tiempo. Lo de hoy ya roza lo increíble, tardar una hora y 35 minutos en hacer un camino que normalmente se hace en 30 minutos. He intentado ir por un camino alternativo y aun así he llegado tarde. Algo así me pasa con mi vida en general.
Escribo esto desde mi coche, escuchando música digamos no muy alegre. Hoy es el típico día que tienes demasiado tiempo para reflexionar, mientras esquivas coches kamikazes, te paras en infinidad de semáforos y ves a través de tus cristales miles de caras cabreadas. Hoy quizás entiendo un poco más a las personas que van enfadadas por la mañana a su trabajo, a llevar a sus hijos al colegio o van a hacer la compra. Hoy odio un poco Madrid, porque va demasiado deprisa cuando no lo necesitamos, y se atasca y nos retrasa cuando llegar pronto es vital.
En ese período de conducción con el piloto automático puesto, cabeza en un sitio y sentidos en otro, he seguido dando vueltas a cosas que últimamente me inquietan. En estos últimos días, en los que siento que algo se me está yendo totalmente de las manos, me he dado cuenta de que mi vida está sostenida por unos pilares un poco inestables, siendo el primero y el peor yo mismo. Seguro que de pequeños (y no tan pequeños) habéis jugado al Tetris. Sabéis que cuando las primeras líneas no están puestas muy allá, van quedando huecos que luego son imposibles de rellenar. Pues algo así es lo que me sucede a mí. He ido cimentando mi nueva vida en valores cogidos por alfileres, que ni yo mismo estoy seguro de ellos, y que no se corresponden con los que deberían ser realmente. Si a eso le añades que echo en falta la figura de un ángel de la guarda, al que podía acudir cada vez que me sucedía algo, fuese el día que fuese, a la hora que fuera…Seguro que alguno piensa: “puedes acudir a mi cuando quieras”. Pero esas cosas sólo salen desde la confianza, y la verdad, ahora mismo creo que nadie me conoce lo suficiente para que cuando me suceden determinadas cosas yo pueda ir a que él/ella me consuele sin parecerle un bicho raro, un rayado, o demás adjetivos que alguna vez me han definido como persona.
Así que bueno, creo que va siendo hora de pegarle una patada a este castillo de cartas para derribarlo del todo, y volver a construir la base. Esa base tiene que estar construida con algo que me haga triunfar en este objetivo a largo plazo que me marqué, y es terminar mi carrera este año. Si hay piezas que debido a ello se van, será un control de calidad que, aunque me cueste reconocer, es necesario en mi vida. Y yo no tengo los cojones para decir nunca que no.
Escribo esto desde mi coche, escuchando música digamos no muy alegre. Hoy es el típico día que tienes demasiado tiempo para reflexionar, mientras esquivas coches kamikazes, te paras en infinidad de semáforos y ves a través de tus cristales miles de caras cabreadas. Hoy quizás entiendo un poco más a las personas que van enfadadas por la mañana a su trabajo, a llevar a sus hijos al colegio o van a hacer la compra. Hoy odio un poco Madrid, porque va demasiado deprisa cuando no lo necesitamos, y se atasca y nos retrasa cuando llegar pronto es vital.
En ese período de conducción con el piloto automático puesto, cabeza en un sitio y sentidos en otro, he seguido dando vueltas a cosas que últimamente me inquietan. En estos últimos días, en los que siento que algo se me está yendo totalmente de las manos, me he dado cuenta de que mi vida está sostenida por unos pilares un poco inestables, siendo el primero y el peor yo mismo. Seguro que de pequeños (y no tan pequeños) habéis jugado al Tetris. Sabéis que cuando las primeras líneas no están puestas muy allá, van quedando huecos que luego son imposibles de rellenar. Pues algo así es lo que me sucede a mí. He ido cimentando mi nueva vida en valores cogidos por alfileres, que ni yo mismo estoy seguro de ellos, y que no se corresponden con los que deberían ser realmente. Si a eso le añades que echo en falta la figura de un ángel de la guarda, al que podía acudir cada vez que me sucedía algo, fuese el día que fuese, a la hora que fuera…Seguro que alguno piensa: “puedes acudir a mi cuando quieras”. Pero esas cosas sólo salen desde la confianza, y la verdad, ahora mismo creo que nadie me conoce lo suficiente para que cuando me suceden determinadas cosas yo pueda ir a que él/ella me consuele sin parecerle un bicho raro, un rayado, o demás adjetivos que alguna vez me han definido como persona.
Así que bueno, creo que va siendo hora de pegarle una patada a este castillo de cartas para derribarlo del todo, y volver a construir la base. Esa base tiene que estar construida con algo que me haga triunfar en este objetivo a largo plazo que me marqué, y es terminar mi carrera este año. Si hay piezas que debido a ello se van, será un control de calidad que, aunque me cueste reconocer, es necesario en mi vida. Y yo no tengo los cojones para decir nunca que no.
2 de mayo de 2010
Un año más, un año menos
Primer entrada de mi blog con un año más. Últimamente me pregunto si escribir aquí vale la pena o no. No soy idiota, y sé que más de uno/a se ha visto influido para mal con las cosas que se han publicado aquí. Es una pena, porque la gran mayoría de las cosas que he escrito se traducen en felicidad. Pero entiendo que hay muchas veces que si tú no eres protagonista de la película, esta pierde su gracia, y el guión se clava como su fuese un puñal. Me gustaría pedir perdón por ello, pero la vida sigue.
Sigue un año más. Hoy me he empezado a dar cuenta de que cada día todo pesa un poquito más. Llevo casi 4 años levantándome (eso contando con que me haya acostado) para trabajar sin apenas dormir, y en unas condiciones que distan mucho de ser las ideales. Dicen que hay que beber para olvidar, y la verdad, cada noche de viernes, sábado o víspera de festivo le dedico una copita (o dos) a Opencor.
Y así, con la cabeza adormilada y el cuerpo revuelto, he salido una mañana más tarde de casa, con prisa, sin tiempo para mirar ni por dónde voy ni con quién me cruzo. Sin embargo, hoy ha sido un viaje en metro especial. Había un grupo de niños que se iban a pasar al día al Retiro. Esta semana me he enterado de que yo también tengo una excursión pendiente a ese mismo lugar. Y con una sonrisa perenne, me he bajado del tren.
De camino hacia la tienda me he dado cuenta de que Delicias es como mi segundo barrio. Me cruzo con gente que he visto una o mil veces. Gente que se me queda mirando sabiendo que llego tarde, sabiendo que dentro de 2 horas me va a encontrar detrás de ese chaleco azul. Me gusta imaginar la vida de esas personas, de las cuales apenas no sé ni su nombre, pero que te dedican una sonrisa y una buena cara cuando te ven. Es lo que hace llevar tanto tiempo allí, que al final le coges cariño y todo.
El día ha sido muy duro, mucha gente había olvidado que los sábados también pueden ser festivos. Pero ha sido una mañana alegre. Por lo simpático que estaba todo el mundo, y por las vibraciones que salián de mi bolsillo de atrás, y que cuando se han traducido en palabras abreviadas en una pantalla, no han hecho más que hacerme feliz.
Ahora por la noche tengo sensaciones encontradas. Lo que todo había empezado bien ha llegado a convertirse en un día más. No he hecho nada especial, y hoy estaba marcado el día en mi agenda como un día bonito. Pero cuando tu felicidad está a kilometros, es difícil buscarla en otras cosas. No me gusta esta sensación de estar atado a Madrid. A veces me gustaría poder volar de aquí.
Como ahora mismo. No sé que estarás haciendo, pero seguro que lo estás pasando bien. Eso me consuela, aunque si pudiera abrir mis alas, iría a buscar el beso de buenas noches que echo de menos cada fin de día.
Sigue un año más. Hoy me he empezado a dar cuenta de que cada día todo pesa un poquito más. Llevo casi 4 años levantándome (eso contando con que me haya acostado) para trabajar sin apenas dormir, y en unas condiciones que distan mucho de ser las ideales. Dicen que hay que beber para olvidar, y la verdad, cada noche de viernes, sábado o víspera de festivo le dedico una copita (o dos) a Opencor.
Y así, con la cabeza adormilada y el cuerpo revuelto, he salido una mañana más tarde de casa, con prisa, sin tiempo para mirar ni por dónde voy ni con quién me cruzo. Sin embargo, hoy ha sido un viaje en metro especial. Había un grupo de niños que se iban a pasar al día al Retiro. Esta semana me he enterado de que yo también tengo una excursión pendiente a ese mismo lugar. Y con una sonrisa perenne, me he bajado del tren.
De camino hacia la tienda me he dado cuenta de que Delicias es como mi segundo barrio. Me cruzo con gente que he visto una o mil veces. Gente que se me queda mirando sabiendo que llego tarde, sabiendo que dentro de 2 horas me va a encontrar detrás de ese chaleco azul. Me gusta imaginar la vida de esas personas, de las cuales apenas no sé ni su nombre, pero que te dedican una sonrisa y una buena cara cuando te ven. Es lo que hace llevar tanto tiempo allí, que al final le coges cariño y todo.
El día ha sido muy duro, mucha gente había olvidado que los sábados también pueden ser festivos. Pero ha sido una mañana alegre. Por lo simpático que estaba todo el mundo, y por las vibraciones que salián de mi bolsillo de atrás, y que cuando se han traducido en palabras abreviadas en una pantalla, no han hecho más que hacerme feliz.
Ahora por la noche tengo sensaciones encontradas. Lo que todo había empezado bien ha llegado a convertirse en un día más. No he hecho nada especial, y hoy estaba marcado el día en mi agenda como un día bonito. Pero cuando tu felicidad está a kilometros, es difícil buscarla en otras cosas. No me gusta esta sensación de estar atado a Madrid. A veces me gustaría poder volar de aquí.
Como ahora mismo. No sé que estarás haciendo, pero seguro que lo estás pasando bien. Eso me consuela, aunque si pudiera abrir mis alas, iría a buscar el beso de buenas noches que echo de menos cada fin de día.
18 de abril de 2010
Una noche cualquiera
Las luces de la calle se cuelan por los agujeros de las ventanas, dibujando divertidas formas en la pared del fondo. Trato de jugar con esas figuras para no dormirme. Hoy debo aguantar todo el tiempo que pueda despierto.
El ruido de la calle se asemeja a las canciones que siempre te hago escuchar. Me dan paz. Sé que mañana no tendré que levantarme con despertador, sé que mañana podremos revolvernos entre las sábanas sin ninguna presión ni ninguna sensación adicional a la pereza de salir de ese micro-clima. Fuera hace frío, y no apetece nada salir de nuestro escondite.
Tú llevas un rato durmiendo. Te oigo respirar y tus caricias hace tiempo que han parado. De vez en cuando te mueves, respiras fuerte o abres los ojos, pero no tienes fuerzas para nada más. Las luces de fuera me dejan ver la parte de cara que no te tapa el pelo. Podría estar mirándote horas, viendo como descansas con esa medio sonrisa puesta. Viendo como aunque fuera de esta habitación el mundo reviente, tú seguirás descansando como un angelito. Es verdad, tienes cara de niña buena.
Pasan las horas y la luz de fuera se empieza a hacer más clara. Cada vez se oye más movimiento en las calles. Todo parece llegar a su fin, hasta que recuerdo que tengo un truco para parar el tiempo. Sólo debo pasar mi brazo por debajo de tu cuello. Tú, con suerte, te despertarás y me mirarás. Acto seguido apoyarás tu cabeza sobre mí, y me apretarás la mano...
Me desperté con las dos manos cruzadas. Tú apretón no era real,y realmente tu mano era la mía.
Hoy has estado presente durante todo el día. Pero ya es tarde. Sé que dentro de pocas horas sonará el despertador de nuevo. Y otra vez toda la maquinaria que es Madrid nos engullirá a todos hasta nuevo aviso. Sin embargo, aun puedo cerrar los ojos, con todas mis fuerzas, para ver si vuelvo a tu lado. No es lo mismo que oír tu risa de verdad nada más despertarme, pero la sonrisa con la que amanezco no me la quita nadie.
El ruido de la calle se asemeja a las canciones que siempre te hago escuchar. Me dan paz. Sé que mañana no tendré que levantarme con despertador, sé que mañana podremos revolvernos entre las sábanas sin ninguna presión ni ninguna sensación adicional a la pereza de salir de ese micro-clima. Fuera hace frío, y no apetece nada salir de nuestro escondite.
Tú llevas un rato durmiendo. Te oigo respirar y tus caricias hace tiempo que han parado. De vez en cuando te mueves, respiras fuerte o abres los ojos, pero no tienes fuerzas para nada más. Las luces de fuera me dejan ver la parte de cara que no te tapa el pelo. Podría estar mirándote horas, viendo como descansas con esa medio sonrisa puesta. Viendo como aunque fuera de esta habitación el mundo reviente, tú seguirás descansando como un angelito. Es verdad, tienes cara de niña buena.
Pasan las horas y la luz de fuera se empieza a hacer más clara. Cada vez se oye más movimiento en las calles. Todo parece llegar a su fin, hasta que recuerdo que tengo un truco para parar el tiempo. Sólo debo pasar mi brazo por debajo de tu cuello. Tú, con suerte, te despertarás y me mirarás. Acto seguido apoyarás tu cabeza sobre mí, y me apretarás la mano...
Me desperté con las dos manos cruzadas. Tú apretón no era real,y realmente tu mano era la mía.
Hoy has estado presente durante todo el día. Pero ya es tarde. Sé que dentro de pocas horas sonará el despertador de nuevo. Y otra vez toda la maquinaria que es Madrid nos engullirá a todos hasta nuevo aviso. Sin embargo, aun puedo cerrar los ojos, con todas mis fuerzas, para ver si vuelvo a tu lado. No es lo mismo que oír tu risa de verdad nada más despertarme, pero la sonrisa con la que amanezco no me la quita nadie.
3 de abril de 2010
Desde la distancia
Es ahora cuando ha pasado ya un poco de tiempo, cuando empiezo a darme cuenta de las cosas que he vivido estos días.
Yo, aunque muchas veces no lo parezca, soy un chico bastante reservado, tímido, aunque nunca me ha gustado esa palabra. Soy una persona con dos caras: puede que la primera vez que me veas pienses que soy una persona ausente e incluso borde, y puede que si por alguna razón conectas conmigo, consiga caerte bien y me aprecies desde ese mismo instante.
Siempre he sido receloso de conocer gente nueva. No me gusta la sensación de no tener de lo que hablar, no me gustan esos silencios incómodos. Creo que parte de ese problema viene dado porque no soy consciente de lo que puedo ofrecer a alguien. Aunque para muchas cosas tengo una confianza en mi enorme, para enseñarme tal y como soy es todo lo contrario. De hecho, si me paro a pensar, muchas de las personas que después han sido importantes en mi vida, han cambiado sustancialmente de opinión sobre mí una vez ellos han ido desnudándome por dentro, pero no por lo que yo mostraba de primeras.
Diréis que a qué viene todo esto. Viene a que estas últimas semanas he vivido rodeado de gente nueva, o de gente que he conocido este año. Me he reido, he disfrutado con ellos. He visto como las horas pasaban sin el chirrido que muchas veces me gritan las agujas del reloj para recordarme que estoy muy atareado. Y la verdad, es que me está gustando esta sensación. Sé que se me están yendo de las manos muchas cosas, pero ¿y si realmente soy feliz así?
Volví hace unos días de Santander. Allí conocí a alguien totalmente distinto a nosotros. Una persona que nos mostró su tierra con orgullo, y que nos hizo sentir como en casa en todo momento. Hemos estado en sitios que nunca habríamos imaginado, andado por sitios de cuento, y visto cosas increibles. Allí estuve además con otra piececita de ese engranaje que es la universidad, y que, poquito a poquito, sin hacer mucho ruido, ha contribuido a que este año sea sin lugar a dudas, el mejor que he vivido allí. Me ofreció su casa como si me conociera de toda la vida, y hace apenas unos meses no sabía ni mi nombre. Gracias Mario, y gracias Julia. Tenemos pendientes otros días allí.
Y sí, también estuve con ella. Creo que es la vez que mejor me he sentido en mucho tiempo. Es realmente bonito tener un hombro en el que apoyarte, para que se te caigan las lágrimas que están en suspensión. Es bonito llorar sin saber muy bien por qué, pero sabiendo que no es por nada malo. Es bonito despertar y que esté ahí.
Es precioso echar de menos todo esto. Al igual que lo es este lugar:
Yo, aunque muchas veces no lo parezca, soy un chico bastante reservado, tímido, aunque nunca me ha gustado esa palabra. Soy una persona con dos caras: puede que la primera vez que me veas pienses que soy una persona ausente e incluso borde, y puede que si por alguna razón conectas conmigo, consiga caerte bien y me aprecies desde ese mismo instante.
Siempre he sido receloso de conocer gente nueva. No me gusta la sensación de no tener de lo que hablar, no me gustan esos silencios incómodos. Creo que parte de ese problema viene dado porque no soy consciente de lo que puedo ofrecer a alguien. Aunque para muchas cosas tengo una confianza en mi enorme, para enseñarme tal y como soy es todo lo contrario. De hecho, si me paro a pensar, muchas de las personas que después han sido importantes en mi vida, han cambiado sustancialmente de opinión sobre mí una vez ellos han ido desnudándome por dentro, pero no por lo que yo mostraba de primeras.
Diréis que a qué viene todo esto. Viene a que estas últimas semanas he vivido rodeado de gente nueva, o de gente que he conocido este año. Me he reido, he disfrutado con ellos. He visto como las horas pasaban sin el chirrido que muchas veces me gritan las agujas del reloj para recordarme que estoy muy atareado. Y la verdad, es que me está gustando esta sensación. Sé que se me están yendo de las manos muchas cosas, pero ¿y si realmente soy feliz así?
Volví hace unos días de Santander. Allí conocí a alguien totalmente distinto a nosotros. Una persona que nos mostró su tierra con orgullo, y que nos hizo sentir como en casa en todo momento. Hemos estado en sitios que nunca habríamos imaginado, andado por sitios de cuento, y visto cosas increibles. Allí estuve además con otra piececita de ese engranaje que es la universidad, y que, poquito a poquito, sin hacer mucho ruido, ha contribuido a que este año sea sin lugar a dudas, el mejor que he vivido allí. Me ofreció su casa como si me conociera de toda la vida, y hace apenas unos meses no sabía ni mi nombre. Gracias Mario, y gracias Julia. Tenemos pendientes otros días allí.
Y sí, también estuve con ella. Creo que es la vez que mejor me he sentido en mucho tiempo. Es realmente bonito tener un hombro en el que apoyarte, para que se te caigan las lágrimas que están en suspensión. Es bonito llorar sin saber muy bien por qué, pero sabiendo que no es por nada malo. Es bonito despertar y que esté ahí.
Es precioso echar de menos todo esto. Al igual que lo es este lugar:
14 de marzo de 2010
Presente y futuro, pero no pasado
Este blog, entre otras funciones terapéuticas para una mente a veces enferma, tiene la misión de contar mi vida real, y no siempre el mundo de los sueños. Ayer recibí por fin una gran noticia: he conseguido aprobar todo. 9 asignaturas. Si me pongo a pensarlo, me parece una auténtica locura. Otros años, con un esfuerzo mayor, he logrado aprobar 6, o 7. Pero este año me he superado, y la verdad, puedo decir que estoy orgulloso de mí.
En mi casa este tipo de noticias no son más que una palmadita en la espalda. Es raro que las personas que más deberían presumir de ello solamente acierten a decir: "Bien". Siempre he tenido la sensación de que el hecho de haber sido siempre un buen chico ha hecho que estas cosas pierdan su magia. Pero aun así, creo que están felices. Al menos podrán cambiar su discurso más reciente, aquel en el que se nos tachaba a mi hermano y a mí de dos problemas constantes.
Por otro lado, quería agradecer a todos los que me habéis animado durante estos casi dos meses que ha durado este período de exámenes. Llamadas, SMS deseando suerte. Todo ello son gestos que yo adoro entregar, y por ello, me causan la bonita sensación de que alguien espera tu éxito. De que alguien confía en ti, Y por ello me alegro tanto, por poder devolver todas esas esperanzas con resultados.
Estos meses han sido totalmente diferentes a cualquier otro período de biblioteca. He cambiado de lugar de estudio, de compañía y de costumbres. Y sé que no es justo decir que el cambio ha sido a mejor, porque el pasado también es digno de mencionar. Pero si he de decir que estos meses no los cambiaría por nada. Hoy puedo decir bien alto que estoy feliz de ser como soy, y hacía mucho que no lo sentía.
Para concluir, quería dar también las gracias a mi amuleto. Aquel que estaba 24 horas a mi disposición. Aquel que hacía auténticas locuras para que yo estuviera bien. Aquel que conseguía cambiar el agobio y el mareo de apuntes por minutos de paz y descanso. Sé que te cuesta decir mucho las cosas, pero a veces los gestos silencian cualquier palabra que puedan pronunciar tus labios. Muchas gracias, una parte de este éxito es también tuyo.
Y así, cuando más cercano está mi futuro, más valoro mi presente. Sigo teniendo miedo a los cambios.
En mi casa este tipo de noticias no son más que una palmadita en la espalda. Es raro que las personas que más deberían presumir de ello solamente acierten a decir: "Bien". Siempre he tenido la sensación de que el hecho de haber sido siempre un buen chico ha hecho que estas cosas pierdan su magia. Pero aun así, creo que están felices. Al menos podrán cambiar su discurso más reciente, aquel en el que se nos tachaba a mi hermano y a mí de dos problemas constantes.
Por otro lado, quería agradecer a todos los que me habéis animado durante estos casi dos meses que ha durado este período de exámenes. Llamadas, SMS deseando suerte. Todo ello son gestos que yo adoro entregar, y por ello, me causan la bonita sensación de que alguien espera tu éxito. De que alguien confía en ti, Y por ello me alegro tanto, por poder devolver todas esas esperanzas con resultados.
Estos meses han sido totalmente diferentes a cualquier otro período de biblioteca. He cambiado de lugar de estudio, de compañía y de costumbres. Y sé que no es justo decir que el cambio ha sido a mejor, porque el pasado también es digno de mencionar. Pero si he de decir que estos meses no los cambiaría por nada. Hoy puedo decir bien alto que estoy feliz de ser como soy, y hacía mucho que no lo sentía.
Para concluir, quería dar también las gracias a mi amuleto. Aquel que estaba 24 horas a mi disposición. Aquel que hacía auténticas locuras para que yo estuviera bien. Aquel que conseguía cambiar el agobio y el mareo de apuntes por minutos de paz y descanso. Sé que te cuesta decir mucho las cosas, pero a veces los gestos silencian cualquier palabra que puedan pronunciar tus labios. Muchas gracias, una parte de este éxito es también tuyo.
Y así, cuando más cercano está mi futuro, más valoro mi presente. Sigo teniendo miedo a los cambios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)