Es el tercer día de la semana, y es el tercer día que no consigo llegar a clase a tiempo. Lo de hoy ya roza lo increíble, tardar una hora y 35 minutos en hacer un camino que normalmente se hace en 30 minutos. He intentado ir por un camino alternativo y aun así he llegado tarde. Algo así me pasa con mi vida en general.
Escribo esto desde mi coche, escuchando música digamos no muy alegre. Hoy es el típico día que tienes demasiado tiempo para reflexionar, mientras esquivas coches kamikazes, te paras en infinidad de semáforos y ves a través de tus cristales miles de caras cabreadas. Hoy quizás entiendo un poco más a las personas que van enfadadas por la mañana a su trabajo, a llevar a sus hijos al colegio o van a hacer la compra. Hoy odio un poco Madrid, porque va demasiado deprisa cuando no lo necesitamos, y se atasca y nos retrasa cuando llegar pronto es vital.
En ese período de conducción con el piloto automático puesto, cabeza en un sitio y sentidos en otro, he seguido dando vueltas a cosas que últimamente me inquietan. En estos últimos días, en los que siento que algo se me está yendo totalmente de las manos, me he dado cuenta de que mi vida está sostenida por unos pilares un poco inestables, siendo el primero y el peor yo mismo. Seguro que de pequeños (y no tan pequeños) habéis jugado al Tetris. Sabéis que cuando las primeras líneas no están puestas muy allá, van quedando huecos que luego son imposibles de rellenar. Pues algo así es lo que me sucede a mí. He ido cimentando mi nueva vida en valores cogidos por alfileres, que ni yo mismo estoy seguro de ellos, y que no se corresponden con los que deberían ser realmente. Si a eso le añades que echo en falta la figura de un ángel de la guarda, al que podía acudir cada vez que me sucedía algo, fuese el día que fuese, a la hora que fuera…Seguro que alguno piensa: “puedes acudir a mi cuando quieras”. Pero esas cosas sólo salen desde la confianza, y la verdad, ahora mismo creo que nadie me conoce lo suficiente para que cuando me suceden determinadas cosas yo pueda ir a que él/ella me consuele sin parecerle un bicho raro, un rayado, o demás adjetivos que alguna vez me han definido como persona.
Así que bueno, creo que va siendo hora de pegarle una patada a este castillo de cartas para derribarlo del todo, y volver a construir la base. Esa base tiene que estar construida con algo que me haga triunfar en este objetivo a largo plazo que me marqué, y es terminar mi carrera este año. Si hay piezas que debido a ello se van, será un control de calidad que, aunque me cueste reconocer, es necesario en mi vida. Y yo no tengo los cojones para decir nunca que no.
5 de mayo de 2010
2 de mayo de 2010
Un año más, un año menos
Primer entrada de mi blog con un año más. Últimamente me pregunto si escribir aquí vale la pena o no. No soy idiota, y sé que más de uno/a se ha visto influido para mal con las cosas que se han publicado aquí. Es una pena, porque la gran mayoría de las cosas que he escrito se traducen en felicidad. Pero entiendo que hay muchas veces que si tú no eres protagonista de la película, esta pierde su gracia, y el guión se clava como su fuese un puñal. Me gustaría pedir perdón por ello, pero la vida sigue.
Sigue un año más. Hoy me he empezado a dar cuenta de que cada día todo pesa un poquito más. Llevo casi 4 años levantándome (eso contando con que me haya acostado) para trabajar sin apenas dormir, y en unas condiciones que distan mucho de ser las ideales. Dicen que hay que beber para olvidar, y la verdad, cada noche de viernes, sábado o víspera de festivo le dedico una copita (o dos) a Opencor.
Y así, con la cabeza adormilada y el cuerpo revuelto, he salido una mañana más tarde de casa, con prisa, sin tiempo para mirar ni por dónde voy ni con quién me cruzo. Sin embargo, hoy ha sido un viaje en metro especial. Había un grupo de niños que se iban a pasar al día al Retiro. Esta semana me he enterado de que yo también tengo una excursión pendiente a ese mismo lugar. Y con una sonrisa perenne, me he bajado del tren.
De camino hacia la tienda me he dado cuenta de que Delicias es como mi segundo barrio. Me cruzo con gente que he visto una o mil veces. Gente que se me queda mirando sabiendo que llego tarde, sabiendo que dentro de 2 horas me va a encontrar detrás de ese chaleco azul. Me gusta imaginar la vida de esas personas, de las cuales apenas no sé ni su nombre, pero que te dedican una sonrisa y una buena cara cuando te ven. Es lo que hace llevar tanto tiempo allí, que al final le coges cariño y todo.
El día ha sido muy duro, mucha gente había olvidado que los sábados también pueden ser festivos. Pero ha sido una mañana alegre. Por lo simpático que estaba todo el mundo, y por las vibraciones que salián de mi bolsillo de atrás, y que cuando se han traducido en palabras abreviadas en una pantalla, no han hecho más que hacerme feliz.
Ahora por la noche tengo sensaciones encontradas. Lo que todo había empezado bien ha llegado a convertirse en un día más. No he hecho nada especial, y hoy estaba marcado el día en mi agenda como un día bonito. Pero cuando tu felicidad está a kilometros, es difícil buscarla en otras cosas. No me gusta esta sensación de estar atado a Madrid. A veces me gustaría poder volar de aquí.
Como ahora mismo. No sé que estarás haciendo, pero seguro que lo estás pasando bien. Eso me consuela, aunque si pudiera abrir mis alas, iría a buscar el beso de buenas noches que echo de menos cada fin de día.
Sigue un año más. Hoy me he empezado a dar cuenta de que cada día todo pesa un poquito más. Llevo casi 4 años levantándome (eso contando con que me haya acostado) para trabajar sin apenas dormir, y en unas condiciones que distan mucho de ser las ideales. Dicen que hay que beber para olvidar, y la verdad, cada noche de viernes, sábado o víspera de festivo le dedico una copita (o dos) a Opencor.
Y así, con la cabeza adormilada y el cuerpo revuelto, he salido una mañana más tarde de casa, con prisa, sin tiempo para mirar ni por dónde voy ni con quién me cruzo. Sin embargo, hoy ha sido un viaje en metro especial. Había un grupo de niños que se iban a pasar al día al Retiro. Esta semana me he enterado de que yo también tengo una excursión pendiente a ese mismo lugar. Y con una sonrisa perenne, me he bajado del tren.
De camino hacia la tienda me he dado cuenta de que Delicias es como mi segundo barrio. Me cruzo con gente que he visto una o mil veces. Gente que se me queda mirando sabiendo que llego tarde, sabiendo que dentro de 2 horas me va a encontrar detrás de ese chaleco azul. Me gusta imaginar la vida de esas personas, de las cuales apenas no sé ni su nombre, pero que te dedican una sonrisa y una buena cara cuando te ven. Es lo que hace llevar tanto tiempo allí, que al final le coges cariño y todo.
El día ha sido muy duro, mucha gente había olvidado que los sábados también pueden ser festivos. Pero ha sido una mañana alegre. Por lo simpático que estaba todo el mundo, y por las vibraciones que salián de mi bolsillo de atrás, y que cuando se han traducido en palabras abreviadas en una pantalla, no han hecho más que hacerme feliz.
Ahora por la noche tengo sensaciones encontradas. Lo que todo había empezado bien ha llegado a convertirse en un día más. No he hecho nada especial, y hoy estaba marcado el día en mi agenda como un día bonito. Pero cuando tu felicidad está a kilometros, es difícil buscarla en otras cosas. No me gusta esta sensación de estar atado a Madrid. A veces me gustaría poder volar de aquí.
Como ahora mismo. No sé que estarás haciendo, pero seguro que lo estás pasando bien. Eso me consuela, aunque si pudiera abrir mis alas, iría a buscar el beso de buenas noches que echo de menos cada fin de día.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)