3 de abril de 2010

Desde la distancia

Es ahora cuando ha pasado ya un poco de tiempo, cuando empiezo a darme cuenta de las cosas que he vivido estos días.

Yo, aunque muchas veces no lo parezca, soy un chico bastante reservado, tímido, aunque nunca me ha gustado esa palabra. Soy una persona con dos caras: puede que la primera vez que me veas pienses que soy una persona ausente e incluso borde, y puede que si por alguna razón conectas conmigo, consiga caerte bien y me aprecies desde ese mismo instante.

Siempre he sido receloso de conocer gente nueva. No me gusta la sensación de no tener de lo que hablar, no me gustan esos silencios incómodos. Creo que parte de ese problema viene dado porque no soy consciente de lo que puedo ofrecer a alguien. Aunque para muchas cosas tengo una confianza en mi enorme, para enseñarme tal y como soy es todo lo contrario. De hecho, si me paro a pensar, muchas de las personas que después han sido importantes en mi vida, han cambiado sustancialmente de opinión sobre mí una vez ellos han ido desnudándome por dentro, pero no por lo que yo mostraba de primeras.

Diréis que a qué viene todo esto. Viene a que estas últimas semanas he vivido rodeado de gente nueva, o de gente que he conocido este año. Me he reido, he disfrutado con ellos. He visto como las horas pasaban sin el chirrido que muchas veces me gritan las agujas del reloj para recordarme que estoy muy atareado. Y la verdad, es que me está gustando esta sensación. Sé que se me están yendo de las manos muchas cosas, pero ¿y si realmente soy feliz así?

Volví hace unos días de Santander. Allí conocí a alguien totalmente distinto a nosotros. Una persona que nos mostró su tierra con orgullo, y que nos hizo sentir como en casa en todo momento. Hemos estado en sitios que nunca habríamos imaginado, andado por sitios de cuento, y visto cosas increibles. Allí estuve además con otra piececita de ese engranaje que es la universidad, y que, poquito a poquito, sin hacer mucho ruido, ha contribuido a que este año sea sin lugar a dudas, el mejor que he vivido allí. Me ofreció su casa como si me conociera de toda la vida, y hace apenas unos meses no sabía ni mi nombre. Gracias Mario, y gracias Julia. Tenemos pendientes otros días allí.

Y sí, también estuve con ella. Creo que es la vez que mejor me he sentido en mucho tiempo. Es realmente bonito tener un hombro en el que apoyarte, para que se te caigan las lágrimas que están en suspensión. Es bonito llorar sin saber muy bien por qué, pero sabiendo que no es por nada malo. Es bonito despertar y que esté ahí.

Es precioso echar de menos todo esto. Al igual que lo es este lugar:

No hay comentarios:

Publicar un comentario