9 de marzo de 2010

Nubes

Vivo en una nube que se cambia de color cada cierto tiempo. Unos días es rojo, otros días es negra. Depende de cómo me despierte, a veces lleva un rayito de sol incorporado, o se encuentra dentro de una tormenta perfecta. Pero suele salir de ella sin problemas.

No es muy grande, pero llama la atención por donde pasa. Quizás es el sonido de su motor, o el sonido de mi risa cuando viajo en ella. Últimamente, la gente se gira demasiado para ver por donde vamos, a quién saludamos y a qué velocidad. Yo no lo entiendo muy bien, porque todos deberíamos viajar en una.

Dentro de ella pasan las horas rápidamente. Pienso en mil cosas y me quedo con la mirada perdida, hasta que mi nube me sacude para que vuelva a la realidad. Una realidad que va más deprisa de la cuenta, pero de la que ella me protege. Ella me frena o me acelera, casi siempre contracorriente.

Y así pasan los días, volando. Ya han pasado 3 meses desde que empezó el año, y parece que fue ayer cuando estaba prácticamente inconsciente para celebrarlo. Mi vida ha cambiado a golpes desde entonces, pero ahora mismo, me gusta mi vida.

Puedo acariciar el cielo con las manos y dejar una estela de olor a alegría. Mi nube tiene la culpa por enseñarme algo en lo que no había reparado: Nunca sabes cuando te caerás al suelo, así que no te preocupes de cómo poner las manos para amortiguar la caida. Sólo intenta volar, cada vez más alto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario